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Trataré de relatar todo lo que experimenté aquella Nochebuena tan insólita. Era la tercera Navidad que nos tocaba vivir desde el inicio de la Segunda Guerra Mundial. El tiempo pasa, y los días y las noches que se sucedieron tras aquella Nochebuena nos depararon inmensa miseria y sufrimiento. Sin embargo, el recuerdo de aquel encuentro quedó vivamente grabado en mi mente y en mi corazón: las noticias que daban parte de la destrucción de ciudades enteras, las dudas y angustias que en aquellos tiempos acongojaban a tanta gente, la preocupación por el nituro de la humanidad, la infinidad de desgracias de dimensiones colosales, no fueron lo bastante crudas y contundentes como para apagarlo. Lo que supe no me aportó noticias sobre el destino de pueblos y continentes, sino sobre el de una sola persona. Sin embargo, en el destino de una sola persona la fatalidad puede condensarse con la misma intensidad que en el de pueblos enteros.
Fue, naturalmente, la casualidad lo que determinó aquel encuentro navideno, tal como sucede con toda