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INTRODUCCION
Simultánea, y en cierto modo convergente, con la exposición que reúne en el Museo del Prado madrileno una parte importante de la obra de El Greco, bajo el titulo El Greco de Toledo. esta exposición dedicada a El Toledo de El Greco, pretende ser un panorama abierto y lo suficientemente expresivo de cómo eran las artes en la Ciudad Imperial durante la presencia entre sus muros del genial artista y de lo que fue y no fue su herencia, en los anos inmediatos a su muerte.
Creta le dio la vida y los pinceles; Toledo mejor patria, donde empieza a lograr con la muerte eternidades.
Los bellos y tantas veces repetidos versos de Paravicino, pueden perfectamente abrir esta exhibición para ta que se han obtenido colaboraciones excepcionales que en otra parte se detallan, y que intenta configurar el perfil de esa «mejor patria» que acogió al cretense, y lo vinculó, ya para siempre, a su entrana.
Toledo, en 1577, en el momento de la llegada del extrano artista —extranjero genial que apenas habla palabra en castellano, que se comporta con digna altivez de elegido, y que parece desafiar en su vida privada ciertas convenciones de la Espana oficial y rigorista—, era todavía uno de los centros de cuhura y de vida más activos de la Península. Aunque en 1561 Felipe 11 había establecido de modo efectivo su capital en la relativamente próxima villa de Madrid. Toledo era todavía, no sólo la sede de la Catedral Primada, la más rica e influyente de todas las diócesis de las Espanas, sino asiento de una importante nobleza de cierto aliento, de una considerable actividad fabril (armas, joyas, telas), y, por supuesto, de una importantísima vida conventual, activada —e inquietada— por las directrices emanadas de Trento y en plena actividad renovadora contrarreformista.
El Greco hubo de advertir de inmediato, tras su fracasado intento de la Corte, que allí había horizonte para su actividad, que su evidente calidad y novedad le garantizaría una clientela reclutada seguramente, en su comienzo, entre gente de cultura, dignidades religiosas, nobles viajeros a Italia, o intelectuales de la curia, y que la belleza de la ciudad, con su singularidad topográfica y su laberíntica estructura, podría albergar bien la creación de quien, como él, se nutría de las fuentes del más radical idealismo, bien asentado en todos los neoplatonismos.
La ciudad no iniciaría su verdadero y ya irremediable declive hasta 1591, cuando fracasa definitivamente el intento de hacer navegable el Tajo hasta Lisboa. Y el descenso de la población sería ya imparable. De ios 62.000 habitantes que tenía la ciudad en 1571, se baja a 45.000 en 1597.
Pero las fundaciones eclesiásticas habían seguido aumentando en la segunda mitad del siglo XVI y hasta bien entrado el xvii, llegando, en 1632, a contarse 40 comunidades religiosas, definitivamente instaladas entre sus muros.
Se intentan en esos anos algunas intervenciones urbanas de evidente intención moderniza-dora. no siempre lograda por la oposición de los estamentos poderosos, la iglesia en primer lugar. Aunque Zocodover no llegase a ser lo pensado por Herrera, representa, sin duda, una importantísima intervención unitaria, y la Plaza Mayor, con la inmediata Calle Nueva, enteramente rectilínea, es un primer y casi logrado ensayo de organización de un centro comercial de sentido moderno.
Las grandes fiestas religiosas o políticas, tenidas como es lógico de espíritu devoto y alegórico. dieron también carácter a una ciudad, que modificaba su apariencia en estas ocasiones, con intervenciones espectaculares de arquitectura efímera. La entrada de las reliquias de San Eugenio (1565), las visitas regias de Felipe II (1559-1560), o la celebración del nacimiento de Isabel Clara Eugenia (1566), son anteriores a la llegada de El Greco. Pero pudo asistir a la entrada del cuerpo de Santa Leocadia (1587), y dos anos después de su muerte se inauguraba solemnísimamente la Capilla del Sagrario catedralicia (1616).
El reportorio formal, vigente en Toledo, era todavía y en buena parte el heredado del renacimiento imperial. La gran arquitectura de Covarrubias, que había sabido interpretar los ideales de solemne riqueza de los anos del Emperador, era todavía novedad relativa. El mundo severo, desornamentado y racional que invadía El Escorial y canonizan los herrerianos está presente ya incluso en la personal actividad de Juan de Herrera en el Ayuntamiento (1574) y en el trazado de Zocodover (1590).
En la escultura, la tradición del manierismo berruguetesco (Berruguete había muerto precisamente en Toledo en 1561) permanece viva en infinidad de retablos e imaginería devocional, nerviosa y afilada, apasionada e inestable, en los que necesariamente encontraría El Greco afinidades con su propia sensibilidad, formada en las mismas fuentes que la del gran escultor castellano. Pero, al igual que en la arquitectura, la grave compostura de los escultores escurialenses, de proporciones más macizas y más contenido rigor en actitudes y movimientos, impone sus normas de progresiva severidad y retorno a lo verosímil y «decoroso».
En la pintura, la tradición de Correa de Vivar (muerto en 1666) comenzaba seguramente a verse como algo ya arcaico. Incluso quienes, como el mismo Comontes, habían sabido incorporar algo de nerviosismo manierista y de artificioso capricho, estaban siendo desplazados por la gravedad escurialense coincidente, como ya sabemos bien, con la nueva dirección que la iglesia impone al arte religioso, docente y ejemplar. Los pintores toledanos de la edad de El