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NOTA PRELIMINAR
El 28 de marzo de 1942, a los tres anos de acabar la guerra, moría en la enfermería de la cárcel de Alicante, con los primeros soles de la primavera, un hombre joven, que no llegó a cumplir los treinta y dos anos. Se llamaba Miguel Hernández. Como tantos y tantos, había sido condenado a muerte por los vencedores al acabar la guerra civil. Conmutada esta sentencia por la de treinta anos de reclusión, apenas pudo empezar a cumplirlos. Las enfermedades —neumonía, tifus, bronquitis, tuberculosis—el hambre, la tristeza, la impotencia para acudir en ayuda de sus seres queridos, acabaron con aquel cuerpo joven. Ya lo había dicho él mismo:
"Las cárceles se arrastran por la humedad del mundo, van por la tenebrosa vía de los juzgados; buscan a un hombre, buscan a un pueblo, lo persiguen, lo absorben, se lo tragan."
Aquel preso dejaba viuda, un hijo —otro se les había muerto sin cumplir el ano—, algunas obras de teatro, unas pocas prosas y unos centenares de poemas. Los suficientes para entrar por la puerta grande en el reino de la poesía.
"Cada poeta que muere deja en manos de otro, como una herencia, un instrumento que viene rodando desde la eternidad de la nada a nuestro corazón esparcido" había escrito en 1937. Y también: "Los poetas somos viento del pueblo: nacemos para pasar soplando a través de sus poros y conducir