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«Hur-a-can», «El Espíritu del Mal» en lengua vernácula, arrasó en el otono de 1493 la isla de Haití, dejando a su paso una trágica estela de muerte y destrucción que los feroces guerreros del sanguinario cacique Canoabó se encargaron de rematar asesinando a los pocos espanoles que habían conseguido sobrevivir a las desatadas fuerzas de la Naturaleza, en el interior del maltrecho y desguarnecido «Fuerte de La Natividad».
Por fortuna, los barbilampinos indígenas haitianos nunca habían sabido contar más que hasta diez, más allá de lo cual todo eran «muchos», y no se sentían tampoco capaces de diferenciar un barbudo rostro de cadáver extranjero de otro barbudo rostro de cadáver extranjero, por lo cual nunca consiguieron caer en la cuenta de que no habían logrado acabar con todos sus enemigos.
Drogado por la fiel y silenciosa Sinalinga, el canario Cienfuegos había permanecido completamente ajeno al terrible cúmulo de desgraciados acontecimientos que habían tenido lugar a no más de una legua de la cabana en cuyo sótano la nativa lo mantenía oculto contra su vo-