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El primer día del ano 1500 sorprendió a Dona Mariana Montenegro empenada en la labor de conseguir que Sixto Vizcaíno, un excelente carpintero de ribera de Guetaria que había alzado su astillero a orillas del río Ozama, en Santo Domingo, aceptara el encargo de construir una nave que se adaptara a las peculiares características que exigía el hecho de que no estuviera concebida para combatir, traficar, explorar o piratear, sino disenada, desde el momento mismo en que se le plantara la quilla, con el exclusivo objeto de buscar a un único hombre.
—Tiene que ser veloz, pero segura; maniobrable sin requerir excesiva tripulación; cómoda, aunque no lujosa; capaz de enfrentarse a una mar gruesa, pero capaz, igualmente, de deslizarse sin peligro por una quieta ensenada poco profunda; bien armada, aunque no agresiva
—Temo, senora, que no estáis pidiéndome una nave, sino un milagro, y pese a la excelencia de las maderas de estos bosques, hace falta más que roble o caoba para conseguir lo que buscáis.
—Lo imagino —admitió la alemana, al tiempo que depositaba sobre la mesa una pesada bolsa que abrió dejando entrever el reluciente polvo que contenía—.