Bővebb ismertető
El tren que no conduce nadie
No sé bien si este primer escalofrío de mi vida lo he sentido al bajar papá el cristal de la ventanilla para que saliera el humo del cigarro, o un momento antes, y que vi entre nubes, cuando el revisor abrió la puerta para contar los asientos libres. Lo cierto es que al sentirlo me he arrebujado tan apretadamente entre los brazos de mamá, que ella, un poco sorprendida, me ha mirado con esos ojos claros que pone tan dulzones cuando los fija en mi cara. Y la que también me ha quedado bien grabada desde que empezó mi viaje es la figura de papá. Durante muchas horas lee el periódico al compás del traqueteo del tren, y de vez en cuando nos echa una mirada pensativa o reída, según vayan las cosas Estoy seguro que la abuela ya no estaba en el tren cuando yo subí, y que la estampa que de ella tengo, con el pelo canoso y los ojos un poco bizcos, me la fijó mamá durante el viaje.
Como hemos pasado sin parar ante muchas estaciones durante estas primeras horas, todavía no he visto viajeros ni jefes de estación. Sólo relojes y campanas verdes, que se quedan atrás rapidísimamente. A los revisores que se turnan sólo les veo la cara medio oculta por la visera de la gorra y la inclinación de la cabeza al mirar con mucha fijeza el billete amarillo, pero sin sonrisa, y claro, sin reparar en mí Sólo esta tarde uno muy alto y con bigote, al ver a mamá tan caída por los ataques que ahora le dan al corazón, alzó los ojos hasta ella, luego hacia mí, que iba a su lado con mis pantalones cortos, y seguro que con la cara muy triste, y al final hacia papá, que seguía leyendo el periódico, al