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I
Regreso en este momento de visitar al dueno de mi casa. Sospecho que ese solitario vecino me dará más de un motivo de preocupación. La comarca en que he venido a residir es un verdadero paraíso, tal como un misántropo no hubiera logrado hallarlo igual en toda Inglaterra. El senor Heathcliff y yo podríamos haber sido una pareja ideal de camaradas en este bello país. Mi casero me pareció un individuo extraordinario. No dio muestra alguna de notar la espontánea simpatía que experimenté hacia él al verle. Antes bien, sus negros ojos se escondieron bajo sus párpados, y sus dedos se hundieron más profundamente en los bolsillos de su chaleco, al anunciarle yo mi nombre.
—?El senor Heathcliff? —le había preguntado.
Se limitó a inclinar la cabeza afirmativamente.
—Soy Lockwood, su nuevo inquilino. Me he apresurado a tener el gusto de visitarle para decirle que confío en que mi insistencia en alquilar la Granja de los Tordos no le habrá molestado.
—La Granja de los Tordos es mía —contestó, separándose un poco de mí—, y ya comprenderá que a nadie le hubiera permitido que me molestase acerca de ella, si yo creyese que me incomodaba. Pase usted.
Masculló aquel «pase usted» entre dientes, y más bien como si quisiera darme a entender que me fuese al diablo. Ni siquiera tocó la puerta para corroborar sus palabras. Pero ello mismo me inclinó a aceptar la invitación, porque parecía interesante aquel hombre, más reservado, al parecer, que yo mismo.