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El fragor ya había terminado. El humo se arrastraba en finas hebras grises de niebla sobre la tierra torturada, las cercas destrozadas y los melocotoneros hechos astillas aguzadas por el fuego de canón. Por un momento reinó silencio, aunque no paz, sobre aquellos escasos kilómetros cuadrados de terreno, donde sólo un momento antes los hombres gritaban y se debatían con el frenesí de un odio ancestral que los enfrentaba en una lucha secular, antes de que se separasen para caer exhaustos.Durante un tiempo interminable, según pareció, los truenos rodaron del uno al otro confín del horizonte, la tierra destripada saltó por los aires, los caballos relincharon y los hombres profirieron roncas imprecaciones; se oyó el silbido del metal y el golpe sordo con que terminó; brilló el fuego abrasador y resplandeció el acero; los gallardos colores de las banderas restallaron en el viento de la batalla.Luego todo terminó y reinó el silencio.Pero el silencio era una nota extrana que no estaba en concordancia con aquel campo ni con aquel día, y no tardaron en romperlo los gemidos y los gritos de dolor, las voces pidiendo agua y las súplicas de muerte el llanto, las llamadas y los gemidos que proseguirían durante horas bajo el sol del estío. Luego aquellas siluetas acurrucadas se quedarían quietas y tranquilas, se esparciría un hedor que causaría náuseas a todos cuantos por allí pasaran, y las tumbas no serían profundas.Habría trigo que no sería nunca segado, árboles que no florecerían cuando volviese la primavera, y en la ladera que subía hasta el