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Palabras preliminares
ENRIQUE TIERNO GALVÁN
ALCALDt I)H MADRID
Tendemos por lo común, tanto en cuanto a pintura se refiere como a cualquier otro sector de la realidad que contemplamos, a reducir el objeto de la contemplación según una idea general definidora. Este proceso totalizador simplifica el conocimiento y también la transmisión del saber. Asila cultura se convierte en fórmula que cristaliza en tópicos cuando la fórmula académica se divulga.
De este modo, los artistas quedan encasillados, con frecuencia, por una apreciación fraccionada de su obra, que aunque pueda ser la más sobresaliente no es sin embargo fundamento bastante sobre el que construir una descripción absoluta de la totalidad de la obra.
Velázquez no se agota en la expresión realismo, de la misma manera que Ribera no empieza y acaba en el tenebrismo. Algo semejante a esto que digo ocurre con la mayor parte de los grandes pintores de quienes solemos desconocer la complejidad y con frecuencia contradicción, tanto en la técnica como en la idea que su obra encierra.
Puédese aplicar esto sin esfuerzo a Goya, infinitamente contradictorio y ensayista permanente de nuevas expresiones plásticas, que se renueva con frecuencia e incluso en avanzada edad, como ocurre con su sorprendente obra del período de Burdeos.
De aquí que sea bueno, especialmente para el público común, que tenga la ocasión, que no suele ser frecuente, de comprobar cómo el pintor genial se aleja de la obra que a su genialidad se atribuye y pueda apreciar cómo la pintura de un gran pintor raras veces responde con seguridad al encasillamiento.
De aquí que exposiciones como esta que hoy se presenta, de obras maestras que están en las colecciones madrilenas, tengan un altísimo valor didáctico, no tanto por lo que ensenan como por el estímulo que suponen para empezar de nuevo una comprensión más verídica de lo que Goya sea como pintor.
El público culto, aunque no erudito, ante algunas de las obras poco conocidas que verá en esta exposición tendría que renovar muchos de los supuestos admitidos como incuestionables y permanentes.
La exposición es en este sentido un atrevimiento, pero un atrevimiento feliz y necesario que va a contribuir a la crítica más profunda y urgente, la que pone en tela de juicio los tópicos tradicionalmente admitidos, para opinar sobre su exactitud o inexactitud desde la propia experiencia de la obra del artista más allá de los estrechos límites de lo que usualmente se ve y los libros comunes reproducen.
El lector tiene una ocasión excepcional para repensar Goya, es decir, cultivar la cultura establecida. Merecen los Amigos del Museo del Prado una felicitación muy sincera por el acierto de la idea y la eficacia con que la han llevado a cabo.
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