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IMAGEN DE RIMBAUD
Cuando la bujía palidece y empiezan a cantar los pájaros de París, un ejército de reinas deslumbrantes retrocede para confundirse con la atmósfera lívida del amanecer; otro ejército oscuro avanza, un pan y un vaso de vino rojo ocupan el primer plano, luego disminuyen mientras entramos por los corredores de gasa negra, siguiendo a los paseantes con linternas y hojas. Parmede, Juinphe, Absomphe, esa electricidad del asco tenía que llevar a la plegaria de la liebre, el arco iris post-diluviano, a la gran casa de vidrios, todavía chorreantes, donde los ninos enlutados miraban las maravillosas imágenes. El chaparrón en la provincia, por hipérbole esencial, ?no es el Diluvio? Y esos ninos, que pronto estallarán en la alegría de gigantescas corporaciones orfeónicas, nos muestran el aislamiento deslumhrado, la retórica mejor, en el centro de la hipérbole. Pero la poesía no es la hipérbole, ni siquiera la esencia que desplaza, sino, tal vez, el retroceso de aquellas reinas ante el avance del obrero cuyo pano provoca la mirada de los ninos, el establecimiento prístino de las carnicerías en la primera o en la última manana del mundo. Así Rimbaud, entre la muerte y el dilu-