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PALABRAS DEL AUTOR
I EL LECTOR, disponiéndose a examinar la catedral de Santa Sofía de Kíev, va decidido de antemano a ser indulgente ante el arte de nuestros lejanos antepasados de expresar su comprensión de lo grandioso y de lo bello, quedará completamente sorprendido.
Tan pronto se atraviesa el umbral de Santa Sofía de Kíev (1), uno se siente dominado inmediatamente por su grandiosidad y magnificencia. Las dimensiones majestuosas de su interior, sus severas proporciones, los lujosos mosaicos y frescos, os seducirán por su perfección, antes de que se alcance a profundizar, a reflexionar sobre todos los detalles, y de comprender todo lo que han querido expresar los creadores de esta obra grandiosa de arquitectura y pintura. De ella habla, sin ninguna exageración, el metropolitano ruso Hilarión: "Es una iglesia bellísima, famosa en todos los países vecinos, sin igual en ningún lugar de la tierra, desde el este al oeste". Incluso ya reconstruida, después de considerables desperfectos en el siglo XVIII, este templo provocaba la admiración de los extranjeros. "Todo el misterio consiste en saber —escribe Pável Alepski (estuvo en Kíev en 1653)—, de dónde ellos (los rusos, B. G.) consiguen ese mármol, esas enormes columnas, que se encuentran fuera de la iglesia, porque en todo este país no hay nada que se parezca a una cantera de mármol. Resulta que lo traen por el Mar Negro desde Mármora (2), que