Bővebb ismertető
El inmenso albatros de frágiles alas ribeteadas de blanco giró majestuoso a doscientos metros de altitud en un lento planear sin un solo aspaviento, como sostenido en el espacio por una fuerza invisible.
Era aquél su tercer viaje de ida y vuelta, desde allí; desde la misma raya del Ecuador, a los fríos islotes patagónicos, siguiendo el sendero trazado en el aire por millones de sus antepasados a lo largo de infinitas generaciones.
Ya su ojo atento y codicioso había captado, desde docenas de millas mar adentro, que una vez más el eterno milagro se había repetido y el azul del mayor de los océanos comenzaba a ensuciarse con las manchas marrones de los bancos de sepias que, de improviso, en una incontenible explosión de vida, nacían en las proximidades de la isla que ahora se destacaba, negra, agreste y desolada, bajo sus largas alas.
Aquél era su hogar, y lo sabía. La patria de los albatros gigantes; lugar de nacimiento, amor y muerte del ave que reinaba en los mares, y frente a la que gaviotas, alcatraces, rabihorcados, garzas, pelícanos o piqueros, no constituían más que tristes caricaturas aladas sin gracia alguna.
Altiva, giró de nuevo estudiando una vez más la conocida pendiente de lava cuarteada que nacía a sotavento, en una tranquila y diminuta bahía de blanca arena, para ascender sin prisas, a morir en los altos y fieros acantilados contra los que se estrellaban las rugientes olas de barlovento.
Le inquietó el panorama. Sin duda había llovido