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TRES DESEOS EN UN BOSQUE ENCANTADO
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Estoy atrapada. Me encuentro apresada en una tela- í li rana y el que yo misma la haya tejido apenas me sirve , de consuelo. Cuando pienso en la magnitud de lo que he > hecho, me siento abrumada por un aturdido terror. Me he comportado de manera perversa, lo sé, tal vez crimi- , nal; y cada manana, cuando me despierto, hay xma pesada nube encima de mí y me pregunto qué nuevos desas- j tres me va a reservar el día.
Con cuánta frecuencia he deseado que ojalá nimca hubiera oído hablar de Susana, de Esmond y de los de- ' más pero, sobre todo, de Susana. Ojalá nunca hubiera ,'1 tenido aquella visión del castillo de Mateland, tan noble, tan hermoso, con su impresionante entrada, sus mura- ! lías grises y sus almenas como surgidas de im romance ' medieval. Entonces jamás hubiera podido caer en la , tentación.
Al principio, todo me pareció muy fácil y yo estaba desesperada.
«Este viejo diablo se encuentra a tu lado, tentándote», me hubiera dicho mi vieja amiga Cougaba de la isla de Vulcano,
Era cierto. El diablo me había tentado y yo había sucumbido a la tentación. Por eso estoy aquí en el castillo de Mateleind, atrapada y desesperada, buscando algún medio de salir de la situación que cada día resulta más peligrosa.
Todo se remonta a hace mucho tiempo en realidad, empezó antes de que yo naciera. Es la historia de mi padre y de mi madre; es la historia de Susana y tamoién la