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Un tal Pablo Picasso andaba por la ciudad haciendo retratos a las senoritas que se dejaban. La tía Algadefina se dejó y la sacó en bolas, un poco agitanada, pero vagamente parecida.
—Oiga, senor Picasso, que la tía Algadefina no se parece demasiado.
—Deje el retrato en paz. Los retratos tienen que reposar. Ya se parecerá.
Yo, que era un redicho, se lo solté al joven artista:
—Usted lo que pasa es que imita a Nonell, el catalán.
—Vete a la mierda, nino.
—Soy sobrino de la tía Algadefina.
—Pues mayormente.
Pablo Picasso tenía una cierta pinta de gara-jista joven que salía con mujeres azules y rosa, lo cual era el escándalo de la ciudad. Con la tía Algadefina salió largamente. Se pasaban las horas en el estudio del joven pintor, un torreón en la plaza de San Miguel, y yo me preguntaba si follaban o no follaban. Parece que Picasso gastaba todo el .tiempo en sacarle apuntes al cuerpo esbelto, lírico y tísico de la tía Algadefina. En Madrid no se hablaba de otra cosa.