Bővebb ismertető
Con la primera claridad del día, contempló las manos que descansaban sobre la blanca sábana.Eran unas manos jóvenes, fuertes, de piel tersa, sin una sola mancha de vejez; manos morenas, tostadas por el sol, cuidadas en cada detalle, pero con una diminuta cicatriz, casi invisible, en la segunda falange del dedo anular izquierdo.No le costó trabajo reconocer aquellas manos, aunque no recordaba la existencia de la pequena cicatriz, pues las había visto millones de veces, escribiendo, jugando, comiendo o acariciando la cara o los pechos de una mujer; orgulloso de ellas, de su forma, su habilidad y su capacidad de transmitir de algún modo sus sentimientos.Una vez, tras una larga entrevista en Televisión, alguien le dijo que lo más interesante de su alocución había sido el modo con que sus manos supieron reafirmar sus palabras, imprimiéndoles una sinceridad que hubiera sido difícil aceptar por ellas mismas, e incluso por la expresión de su rostro: Las manos te salvaron, porque nadie es capaz de mentir con la boca y las manos al mismo tiempo Ahora, tantos anos después, aquellas manos estaban allí, ante él, jóvenes y fuertes, nuevas y quizá más firmes que antano.