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PREFACIO
Miklós Mojzer
LOS ANTECEDENTES
En el último tercio del siglo XVIII, la producción pictórica generada por iniciativa de la Iglesia húngara fue mayor que la debida al mundo laico. Los comitentes eclesiásticos encargaron representaciones que exaltaran la religión a través de temas bíblicos en frescos y retablos, para contrarrestar el creciente racionalismo de la Ilustración. De esta manera, el barroco tardío del sur de Alemania, de Austria, Bohemia y, en parte, de Italia, desembocó en un espléndido renacimiento en la cuenca de los Cárpatos. El objetivo de la pintura religiosa era actualizar los dogmas, las historias y los misterios para unos creyentes, que, por lo demás, apenas tenían oportunidad de ver pintura fuera de las iglesias.
En este contexto, los cuadros tardaron más de siglo y medio en convertirse en objetos de coleccionismo. Por mucho que, en otros terrenos, los altos dignatarios de la Iglesia de Hungría fomentaran en el siglo XVIII el mecenazgo, en lo que se refiere al coleccionismo fueron muy inmovilistas y no adquirieron objetos de arte. La aristocracia fue mucho más activa a la hora de atesorar fondos artísticos, que guardó en sus residencias. Aunque a partir del siglo XVII ya se conocen colecciones nacionales, a finales del XVIII apenas hay alguna identificable, y las identificadas (algunas de ellas muy importantes) son fundamentalmente colecciones de los llamados objetos de arte decorativo.
En Hungría, hasta mediados del siglo XIX, los dos principales focos de atracción y producción cultural fueron las iglesias y los palacios, siendo sobre todo en estos últimos donde se formaron importantes tesoros artísticos que, a pesar de ello, no constituyeron galerías ni pinacotecas, salvo en dos o tres casos. La mayor perteneció a los duques de Esterházy y hubo otra del gobernador de