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Erica se aferró con fuerza al volante mientras el todoterreno avanzaba por la pista, sorteando cantos rodados y rebotando en los baches. Junto a ella, pálido y con expresión ansiosa, se sentaba su ayudante Luke, un doctorando de la Universidad de California en Santa Bárbara de veintitantos anos, largo cabello rubio recogido en una cola y una camiseta en la que se leía la leyenda «A los arqueólogos les van las mujeres mayores».
-Dicen que es un desastre, doctora Tyler -comentó mientras Erica guiaba el vehículo por la tortuosa pista forestal—. Por lo visto, a la piscina se la tragó la tierra, así, sin más -prosiguió, chasqueando los dedos-. En las noticias han dicho que la brecha es tan larga como toda la mesa y pasa por debajo de casas de estrellas de cine, de ese músico de rock que ha salido en la tele, del jugador de béisbol que el ano pasado marcó tantas carreras completas y de no sé qué cirujano plástico famoso. !Por debajo de sus casas! Ya sabe lo que significa eso.
Erica no sabía a ciencia cierta qué significaba «eso», pero no se lo preguntó. Estaba concentrada en una sola cosa, el asombroso descubrimiento que acababa de efectuarse.
Cuando tuvo lugar el terremoto, Erica se encontraba en el norte, trabajando en un proyecto por encargo del Estado. El seísmo, acaecido dos días antes y que alcanzó una magnitud de 7,4 en la escala de Richter, se percibió por el norte hasta San Luis Obispo,