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TUMBAGA
LA SENORA BONACHEA MIRA EL CAMINO
Era limes y, por lo tanto, la senora Catalina Bonachea se sentía nerviosa. Sus inquietas miradas se dirigían, a cada instanté, hacia la guardarraya de pinos por donde diseurría el camino llevando al viajero hasta su blanco bohío. Situado su hogar en el topé de un cerrito, en Vega Jato, caserío apartado en la provincia de Las Villás, la senora Bonachea podía divisar, a una buena distancia, a eualquier transeúnte recorriendo aquellas intrineadas zonas que por su cercanía a las montanas se ondulaban de eerros y colinas.
Sabía que era lunes, y, aunque nerviosa, este cono-cimiento la tenía contenta. Miraba sin cesar la boca de la guardarraya, esperando. Lavaba un pantalón de trabajo de su esposo, Benito Arriolas, buen hombre, de mai genio a veces, transitorio, con el cual habi a empleado seis anos de su vida en buena paz, pero sin que tuvieran descendencia. Mientras lavaba el pantalón la senora Bonachea atendía al camino.
La manana era temprana y fresca. El viento siseaba entre los gajos del tamarindo bajo el cual lavaba, en su batea de madera, apoyada sobre un grueso tronco de algarrobo. Quiso cantar, entre restregón y restregón, pero no pudo.